No pienso perder la oportunidad de reencontrarme con mi alma gemela: La Kira


"La Kira soy yo. Una luchadora que logró ganar por varios años consecutivos enfrentando a todos los contrincantes que le pusieran enfrente. Delgada pero imponente"

La sala es grande y con paredes amarillas, la luz entraba por una de las ventanas iluminando las fotografías, esas que fueron tomadas en 1983 cuando "La Kira" comenzaba su carrera luchística.

Bajo la máscara plateada sus grandes ojos color miel delataban sentimientos de nostalgia y emoción por contar su historia.

La curiosidad me invadía y lo primero que le pregunté fue ¿qué quería ser de grande cuando era niña? Su respuesta: Educadora y artista circense. Me sorprendí. Cómo una niña con esos sueños llegó a convertirse en una luchadora profesional, pregunté.

Una tarde mi hermana mayor llegó y nos dijo a mí y a mi otra hermana que ya nos había inscrito al gimnasio y empezábamos al siguiente día. Me puse feliz y me preparé, pensé que íbamos a aerobics, bicicleta, pesas o algo así, pero me llevé una sorpresa.

Cuando llegamos al gimnasio nos formaron en una fila con puros hombres, nos hicieron dar maromas y de repente me empezaron a golpear y a lazar por el aire, solo escuchaba la voz de un hombre que decía ‘tienen que aprender a caer, pongan dura la panza y levanten a cabeza para que no se peguen con la tarima’. Me gustó mucho y regresé todos los días a pesar de andar toda mallugada”.

Contaba la luchadora con voz de asombro, mientras elevaba sus manos al aire y levantaba la mirada como si estuviera imaginando la escena. Así comenzó su historia, sin saberlo ella estaba entrenando lucha olímpica con el señor "Cinta de Oro", luchador profesional.

A pesar de que La Kira y dos de sus hermanas fueron luchadoras, La Brawling y La Coralillo, ella viene de familia militar; su padre, el señor Humberto Ávila -a quien describe como un hombre deportista, constante y dedicado- les inculcó el amor por el deporte llevándolas a correr a las faldas del cerro y a jugar básquetbol cuando ella solo tenía 9 años de edad, por lo que el deporte siempre ha estado presente en su vida. Lo anterior se hace constar con las fotografías, pues a sus 50 años de edad la deportista sigue manteniendo un cuerpo atlético como si el tiempo no hubiera pasado jamás, la única diferencia era el cabello, pues ya no luce su larga trenza.

La constancia y la disciplina que le inculcó su padre sirvieron a la luchadora para convertirse en la figura que es ahora, pero, ¿cómo se percibe La Kira a ella misma?

La Kira es un personaje con un ángel y una estrella inigualables, con una trayectoria que muy pocas luchadoras mujeres han logrado tener. Es una luchadora con gracia y carisma que recorrió la República Mexicana y parte de Estados Unidos.

Kira, la novia de El Santo, Diosa de la brujería blanca y la Muñequita de porcelana, son algunos de los nombres con los que era anunciada cuando iba a subir al ring, seguido de la leyenda ‘la mejor luchadora aérea de Ciudad Juárez’ o ‘la mejor luchadora técnica’.

La Kira soy yo. Una luchadora que logró ganar por varios años consecutivos enfrentando a todos los contrincantes que le pusieran enfrente. Delgada pero imponente”.

Su voz se entrecorta al mismo tiempo que platica que fue su padre quien eligió su nombre de batalla.

“Quién iba a decir que ese nombre me llenaría de gloria y triunfo, que con ese nombre sería reconocida y ovacionada en cualquier arena o gimnasio de lucha libre donde me presentara”.

Sin embargo, La Kira no siempre recibió el mismo apoyo durante su trayectoria luchística debido a que ella comenzó a los 15 años de edad. El miedo y la preocupación de su madre eran mayor a la emoción que sentía, contrario al señor Humberto, que al enterarse de que sus hijas serían luchadoras, de inmediato firmó un papel ante el Concejo de Box y Lucha en el que establecía que este se deslindaba de toda responsabilidad luego de que la luchadora fuera menor de edad.

La emoción de mi papá era tan enorme que quería gritarlo, pero había algo que lo tenía controlado: como yo luchaba con máscara él tenía que guardar el secreto para que no se supiera quién era La Kira. Aunque hacía lo posible para que la gente viera que me conocía; cuando me tocaba luchar se ponía el uniforme de militar y entraba conmigo de la mano. Era mi admirador número uno.

Con mi mamá fue diferente, cuando ella supo que íbamos a luchar puso el grito en el cielo, incluso nos dejó de hablar mucho tiempo a los dos”.

Luego de hablar sobre su relación con su padre y el apoyo que le brindó desde el primer momento, su voz se entrecortó por segunda vez y a través de la máscara podían verse sus ojos cristalinos. Guardó silencio por unos segundos, tragó saliva continuó.

Cuando yo mi mamá se dio cuenta de que no iba a dejar la lucha, me dijo ‘vas a ser luchadora, bueno, pero no te quiero en el montón, no quiero que seas una más de esas que no logra hacer nada. Vas a ser luchadora pero vas a ser la mejor’".

"Desde ese día estuvo conmigo a cada momento, iba a las giras para no dejarme sola. Cuando no podían ir ella o papá, él mandaba a un soldado para que me escoltara y ahí la esperaba afuera del vestidor para que no me pasara nada porque era muy niña”.

Sin duda una de las mejores satisfacciones de un luchador, es pararse frente al monstruo de mil cabezas, escucharlo, verlo y sentir el cariño de la afición

El público me acogió desde el primer día que pisé un ring, se enojaban si los contrincantes me golpeaban, yo creo que es porque me veían tan chiquilla y escuálida que querían protegerme. Sabía que bajo mi hermosa máscara plateada y mi traje rayado había una niña y se acostumbraron a verme así, para ellos nunca crecí, incluso yo siento que aún llevo a esa niña dentro de mí. Me demostraban su amor, me regalaban rosas, se tomaban fotos conmigo y querían autógrafos en su ropa y piel, también me invitaban a sus casas y me daban invitaciones para ir a fiestas y eso a mí como niña me daba mucha risa porque pensaba ‘y si voy, ¿cómo van a saber que soy yo si solo me conocen con máscara?’”.

A partir de ese momento, y por unos minutos, La Kira contaba historias divertidas que vivió en la lucha. Sin duda tenía razón, aún tiene a esa pequeña niña dentro.

Recuerdo una vez que estaba entrenando con el señor Apache Salvaje -un hombre machista que no quería entrenar mujeres porque decía que no servían para el deporte porque para él son tontas y débiles- y tenía que aventarme de plancha desde la tercera cuerda sin que nadie me cachara, lo hice muchísimas veces pero no me salía bien, caía parada o de lado y no como debía. Él comenzó hablarme muy feo y a decir que lo tenía harto y se burlaba de mí, eso me molestó, así que subí y me aventé, caí muy bien… de no ser porque mi quijada se estrelló en la tarima y me rebotó a cabeza. Me levanté y le dije ‘está usted servido señor’, me bajé del ring y caminé hacia el vestidor mientras él me miraba con asombro. Lo que nunca supo es que llevaba mi muela en a mano porque se me quebró con el golpe. Saliendo de ahí me fui al dentista”.

Así como se viven momentos divertidos y de angustia, hay otros que no son tan agradables para la memoria de la luchadora.

Una vez me tocó viajar a México por dos meses y mi mamá no pudo ir conmigo, me fui llena de ilusiones y tristeza al mismo tiempo porque no quería estar lejos de mi familia y menos en un lugar que no conocía y con poco dinero: sin embargo, al poco tiempo conocí a una luchadora llamada Selene y nos hicimos amigas.

En una ocasión unos luchadores se juntaron para ir a comer, me invitaron y yo acepté, pero cuando regresamos al hotel todos se bajaron del carro y me dejaron sola con Ricky Boy quien se puso muy pesado conmigo y no me dejaba bajar del carro, insistía en que le diera un beso y yo me asusté e intenté bajarme pero él me tomó fuerte del brazo y dijo ‘o me das un beso o me pagas la comida’. En ese momento comencé a temblar de miedo y coraje, por suerte se acercó una de las luchadoras, fue así como pude bajar.

Yo tenía 19 años y él 42, en ese momento no sé por qué no hable ante el Concejo de Lucha, solo se lo conté a Conan y al señor Rey Misterio, pero debí haber hecho más”.

Su comportamiento en ese momento fue otro, ni la máscara podía ocultar su cara de enojo y su mirada furiosa, incluso, su rabia podía sentirse en la habitación al recordar a ese luchador. Su tono de voz cambió. Ella estaba incómoda como si Rocky Boy estuviera enfrente de ella.

A pesar de esa y muchas otras situaciones incómodas en cuestión de género, La Kira señala que seguía firme en su decisión, pues tenía sus metas claras.

Una de mis metas al principio era demostrarle a todos y cada uno de los luchadores y promotores que no creían en mí que yo sí podía y que tenía futuro dentro de la lucha libre, otra era que mis padres siguieran orgullosos de mí y darle el gusto a mi madre y a mí misma de no ser una más. Logré enfrentarme a las luchadoras más exitosas cumpliendo todas y cada una de mis metas. Volé y me sentí libre entre las cuerdas.

Cada una de sus metas necesitó de un sacrificio, es por eso que la luchadora habló sobre sus lesiones que, a pesar de que fueron varias, no dejaron secuelas en ella y en la actualidad puede continuar con sus actividades.

Tuve varias lesiones; una vez mi hombro se salió de su lugar y yo bajé corriendo del ring, fui al vestidor donde Crazy Boy 33 me agarró y me lo acomodó, me dolía mucho pero regresé a terminar la lucha.

En otra ocasión, en Chihuahua, estaba luchado y mi contrincante me volteó la máscara, yo no podía ver nada, me aventó afuera del ring y caí de coxis, en ese momento se me adormecieron las piernas y la columna, no me pude mover y perdí. Cuando me llevaron al vestidor, el Tarado Holguín me amarró una toalla en el cuello y me jaló hacia atrás.

Otro golpe lo tuve cuando caí de la tercera cuerda, se me enredaron los pies y caí con la rodilla, se me soltó el menisco, de ahí se agarraron los contrincantes con los que estaba en ese momento y me siguieron pegando en la rodilla. Este golpe fue el más fuerte porque me bajaron en camilla y me llevaron directo al hospital donde me operaron y estuve un año sin luchar y en silla de ruedas. Yo no me acostumbré a mi rodilla, ella se acostumbró a mí y seguí luchando”.

Al platicarlo, la luchadora tocaba su hombro, columna y rodilla como si se tratara de la coreografía de un baile. Incluso mostró su rodilla para que pudiera ver la cicatriz al momento que señalaba una foto en la que está en silla de ruedas.

Numerosas batallas de la deportista quedaron plasmadas en los álbumes y recortes de periódicos viejos, pero cuál de todas le había costado más trabajo.

Sin miedo a equivocarme, La Coralillo. Esa luchadora fue una piedra en el zapato para mí. Cada que nos enfrentábamos el público terminaba histérico y gritando de todo, eran unas luchas cardíacas y yo disfrutaba pelear con ella porque subía mi adrenalina al cien. Tenía una presencia ante la que se imponía el público, como si la odiaran, la gente se le echaba encimaA mí me ponía unas zarandeadas buenas, me lanzaba a las sillas, me estrellaba contra los postes. Se veía la rivalidad, pero siempre le di guerra”.

La Kira / Foto: Paloma Reyes /

La gladiadora afirma que jamás estuvo en sus planes dejar este deporte, incluso después de casada, aunque pronto se dio cuenta que vendría la batalla más difícil: ser madre.

Mi esposo jamás me pidió dejar de luchar pero, como es militar, le dieron su cambio a Veracruz y yo me fui con él. Allá la lucha no es un deporte tan popular como aquí, entonces no tenía dónde o con quién entrenar. Al poco tiempo me embaracé y una vez que tuve a mi bebé en mis brazos me di cuenta de que tenía que cuidarme yo para poder cuidarla a ella. Fue entonces cuando puse las cosas en una balanza y me di cuenta que esa cosita tan pequeñita pesaba más que todas mis ganas de luchar”.

Contestaba mientras me miraba con ternura y dejaba escapar una sonrisa. El silencio reinó por unos segundos, pero esta vez no era un silencio incómodo, sino de paz. Traté de imaginar lo difícil que había sido para ella, para una mujer que estaba acostumbrada a entrenar de 3 a 4 horas diarias.

Ponía unos tapetes en el suelo para hacer maromas y lo que podía, cuando me quería ganar el sentimiento corría a abrazar a la bebé y me ponía a jugar con ella.

A veces por las noches soñaba que luchaba y despertaba llorando, mi esposo me tranquilizaba y decía que cuando estuviera más grande la nena buscaríamos un gimnasio para que yo volviera a luchar. Mientras me conformaba con ver las fotos.

Tuve otro bebé en el 96 y tiempo después, cuando mis niños ya estaban más grandes de unos 4 y 6 años, veníamos con mi familia a Juárez. Iba al gimnasio y me llevaba a mis hijos, los subía al ring y nos dábamos costalazos. A ellos les gustaba entrenar conmigo y yo disfrutaba hacerlo con ellos”.

Actualmente la deportista tiene una buena relación con su familia, la describe como unida, respetuosa y amorosa, incluso se siente afortunada por tenerla. Ríe y señala una fotografía sobre una pequeña mesa que adorna la esquina de la sala, en ella está su familia completa: ella, su esposo y sus tres hijos.

Sin embargo, a pesar de que sus hijos admiran lo que ella hace, ninguno de los tres siguió sus pasos como luchador profesional.

No, ninguno, pero los tres saben defenderse; les enseñe y los entrené en casa siempre con disciplina. La lucha libre es una disciplina y mis hijos lo saben porque me encargué de enseñarles y ellos han sabido recibir la enseñanza con respeto hacia mí y hacia la profesión”.

Las diferencias entre aquella luchadora y la mujer que es ahora no son muchas comparándolas con las similitudes, pues La Kira ama tanto a su personaje como a la madre de familia en la que se convirtió.

Entre las similitudes destacan la alegría, la paciencia y la tranquilidad; ambas son juguetonas, risueñas, deportistas y sociables. Quizá la única diferencia es que una usa máscara y la otra no, porque actualmente sigue asistiendo a eventos luchísticos y recibe reconocimientos.

Mi sentir es de gozo, orgullo y satisfacción, porque a pesar del tiempo se siguen acordando de mí y me siguen buscando para entrevistas y entrega de reconocimientos, eso quiere decir que hice un buen trabajo.

Al estar en una arena de lucha libre y que la gente se acerque a mí para pedir fotos o autógrafos no puedo sentir otra cosa mas que felicidad y agradecimiento, lo mismo pasa cuando me llaman por teléfono para invitarme a eventos en donde yo soy la estrella. Esto mantiene viva a la guerrera que llevo dentro.

Hoy digo ‘gracias, Kira’; gracias por todo lo bueno y noble que me diste, gracias por el amor de la gente y por permitirme ser yo quien llevara tu personaje a la gloria. Te amo, Kira”.

Al escuchar esas palabras y sentir esa emoción con la que hablaba, no puede evitar preguntarle si volvería a luchar.

Me han invitado a volver en varias ocasiones, sobre todo desde que estoy de regreso en Juárez y no te niego que me mueven el tapete, me encantaría volver a pisar un ring, volver a volar y maromear. Me siento capaz de hacerlo y segura de mí misma porque nunca he dejado el deporte y siempre he sido constante, cuido mi cuerpo y llevo una vida sana y saludable pensando en que algún día pudiera llegar ese momento.

Lo que te puedo decir ahora es que si ese momento llegara, no pienso desaprovechar la oportunidad de volver a reencontrarme con mi alma gemela: La Kira”.

Me miró y por fin dejó caer una lágrima, esa que estaba guardando desde que inició la entrevista. En ese momento supe que esa plática tan amena entre nosotras había terminado, era como si la luz que entraba por esa ventana hubiera brillado con más fuerza en espera de que bajara el telón.

Danos tu opinión