Mónica Blumen: “El cine es un acto de libertad y amor”

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Llevamos algunos meses en aislamiento, la cotidianeidad de una película ciberpunk llamada “vida” está en pausa por la Covid- 19, un virus (no informático) que se apodera del mundo. Aunque en esta ciudad existen pocas luces, las personas caminan por la calle con cubre bocas y, adentro de algunas maquiladoras, hay humanos plastificados.


Las pantallas están por todos lados, Mónica Blumen convive con la de su computadora y celular. Los sonidos electrónicos hacen eco en nuestros intentos para conectarnos de forma virtual.

Siento que esto no es real, este surrealismo me incómoda mucho porque no sé qué está pasando”, comenta antes de iniciar la entrevista.


Mónica Blumen es una juarense de 31 años que lleva una década como cineasta. Tiene un apellido peculiar y a pesar de ello, confiesa no haber tenido el interés de rastrear a sus antepasados. Su personalidad causa intriga, su voz está llena de seguridad y su mirada transmite fuerza. Es libra, ascendente a sagitario y su cabello es cobre. Platicamos con ella para saber más de sus experiencias y su trabajo en la industria cinematográfica.


¿Podrías contarme un poco de cómo fue tu infancia?

Mi infancia fue, según lo que yo recuerdo… fue…yo era la mamá de mi hermano. Mis papás estaban, pero trabajando. Tuve un acercamiento a las artes plásticas gracias a mi mamá, porque ella es artista en todo el sentido de la palabra: pintaba obras de Frida Kahlo en óleo y todo como ese olor a óleo y los lienzos, es algo que me remite mucho a mi infancia. Y también las cámaras Handycam, porque mi papá era muy fan de comprar esas cosillas, todo lo digital de los ochenta.

"Definitivamente el cine me encontró a mí, yo no tenía idea de qué era el cine", comentó Monica.

Comentaste que tu papá era aficionado a comprar ese tipo de cámaras, ¿cómo fue tu primer contacto con esos objetos?

Me grababa a mí misma y veía todo lo que grababa mi papá. Lo veía, lo veía y como que la imagen me atraía mucho. O sea, hasta la manera en que hacía rewind; todo este ruido visual, escuchar la cinta magnética, todo eso como que me causaba mucho interés. Y lo que hacía era que regrababa encima de esas cosas y luego cortaba y volvía a grabar. Entonces digamos, empezaba a experimentar con la imagen, lo que era estar filmando.


¿El cine llegó a ti o tú llegaste al cine?

Definitivamente el cine me encontró a mí, yo no tenía idea de qué era el cine. O sea, sabía qué era una película, la veía de forma efímera, pero el cine me encontró a mí un día que un amigo puso una película de David Lynch; ese fue como el primer chispazo. Me impresionó. Y después me surgió cierto interés por empezar a leer e investigar sobre eso. Pasaron unos años y un amigo me invitó a ser asistente de producción de una película que iba a filmar aquí en el Cereso de Ciudad Juárez. Entonces, ese fue mi acercamiento real con gente de cine y, fue bien chistoso porque, aparte, vinieron directores que son importantes en México (hombres y mujeres).


También artistas del Cine de Oro y otros como Roberto Sosa y Damián Alcázar. En un abrir y cerrar de ojos, yo estaba entre gente muy muy importante. Ahí pues, como que fue un giro, cambió mi vida por completo porque entré a lo desconocido y me atrapó. Tenía 19 años.


Entonces participaste en ese proyecto, pero… ¿cuándo decidiste empezar tu formación de manera profesional?

Después de eso me fui al D.F. un tiempo, hablo de meses. Investigué en el CUEC (Centro Universitario de Estudios Cinematográficos), otras escuelas de cine y pasé a Guadalajara e hice lo mismo. Regresé a Ciudad Juárez con una crisis existencial porque no sabía qué estaba haciendo o hacia dónde iba. Lo que sí sabía era que algo me llenaba mucho y era todo lo que se refería al cine.


Entonces, duré un tiempo acá (en Ciudad Juárez), ahorré un poco y después decidí irme Guadalajara. El D.F. es agresivo cuando no conoces y aparte llegas sola. Yo me sentí más a gusto en Guadalajara, encontré la escuela donde estudié que es el CAAV (Universidad de Medios Audiovisuales). Me gustó que tenía unas materias específicas sobre semiótica y simbología en el cine. Yo siempre he estado conectada con lo esotérico, con lo místico.

¿Cómo influyen esos temas en las decisiones que has tomado?

Pues, encuentro mucho de poesía en esos temas y por azares del destino esos temas siempre han estado presentes en mi vida. Todo lo que tiene que ver con el misticismo, cosas ocultas, lo esotérico, es algo que me acompaña desde que estoy chiquita, hablando desde sueños, visiones y cosas que me suceden pues, de manera rara. No sé, no sé explicarte. Tal vez por eso terminé leyendo el tarot.


¿Qué te dijeron tus padres cuando tomaste la decisión de estudiar cine y la situación que implicaba mudarte hasta Guadalajara?

Primero hubo una resistencia, como de cualquier papá (supongo yo) con un hijo que le dice que quiere estudiar arte. Mis papás querían que yo fuera contadora. Cuando les dije eso fue como un shock; los descoloqué. Dijeron que me apoyaban en lo que decidiera, pero que no creían que una carrera así fuera a tener estabilidad en mi vida. Y pues no, no me importó mucho eso.


¿Cómo fue estar lejos de tu familia?

Viví cinco años allá, casi seis. Al principio te vas, así como comiéndote el mundo, porque eres muy chingón, pero pues la realidad siempre es la realidad. Y tanto en cuestiones económicas como en cuestiones personales llegó un punto en el que yo sentía que tenía lo que quería, que era una licenciatura en cine, y eso me llenaba de orgullo, porque fue realmente lo que yo quise estudiar y me dediqué muchísimo a ello.


Entonces tenía ese sueño cumplido, pero me empecé a sentir muy vacía, muy sola. Y me di cuenta de que esa soledad no me dejaba crear. Dije: “Bueno, ¿qué sentido tiene estar acá si realmente tengo un bloqueo interno?”. Decidí regresar a Juárez y, cuando regresé, lo primero que hice fue encontrarme con una gran historia que es 13,500 Volts. Y ahí empezó toda mi odisea porque pues, filmé un documental.


Guadalajara es una de las metrópolis más importantes del país, ¿cómo impactó en tu vida profesional y personal estar ahí?

Entendí algo que hasta la fecha tengo muy claro, que nosotros (los fronterizos) tenemos otro pensamiento. Todo allá está muy centralizado, yo siento que la gente pierde la mirada fresca que sí tenemos acá, porque acá vemos las cosas desde otra perspectiva. Las historias que sucedían allá no me atrapaban y no me atraían.


Comparando a Ciudad Juárez con esos lugares centralizados, ¿dónde crees que se reconoce más el trabajo artístico?

Se reconoce más, pues, en las ciudades centralizadas porque allá hay un interés más alto y certero de lo que significa ser artistas. Lamentablemente acá, desde las autoridades hasta los artistas, nos autosaboteamos mucho porque somos una ciudad industrial, aquí lo que produces está en la maquila. Creo que es muy difícil quitarle esa neblina a un tema que produce dinero comparándolo con un tema artístico. Hace falta conocimiento e interés hacia el arte en general y, sobre todo un reconocimiento y respeto, con mayúsculas, hacia los artistas.


¿Cómo fue el trato de los tapatíos al saber que venías de Ciudad Juárez?

Luego, luego me etiquetaban. Me acuerdo mucho de los primeros días que entré a la carrera de cine, en la típica dinámica de presentaciones, pasaron varios primero, ya después pasé yo y dije: “hola, pues yo soy Mónica, soy de Ciudad Juárez”. Hubo un silencio y todos me voltearon a ver. Al final se me acercaron muchas personas y me dijeron “oye, sí es cierto que matan a muchas mujeres”. Yo me reía porque decía: “pues es que no nomás es lo que sucede en Juárez”.


Fuiste nominada al premio Ariel en la categoría de Mejor Cortometraje Documental Nacional en 2017, ¿qué significó para ti y qué cambios hubo en tu vida?

Sinceramente, nunca he creído en un premio. Se me hace muy difícil que un comité de tres personas decida qué es lo que está bien y lo que está mal. Lo que sí me llena de mucho orgullo es la coincidencia de bastantes festivales y jurados al ponerse de acuerdo en que el documental fuera nominado. Eso, más que un premio, me llena de satisfacción porque entonces ya estamos hablando de cantidad, porque bueno, yo me muevo en el género documental y para mí el documental es llegar a los ojos de muchísimas personas.


Y claro que fue un parteaguas, ahí mi nombre tuvo un peso, me empezaron a tomar en cuenta para varias cosas, me han considerado para ser jurado en convocatorias, para curar películas, participar en producciones con gente que ya está bien posicionada. Me ha servido muchísimo, pero también creo en la sinceridad de los proyectos y, jamás, jamás, he realizado ni voy a realizar un proyecto pensando en esa manera banal de hacia dónde quiero llegar con un premio.


¿Qué es el cine y el género documental para ti?

Para mí el cine es un acto de libertad y amor. La única manera en la que influyó el género documental (porque claro que veo y me gusta el género de ficción) es que en el documental sí estamos hablando de gente real, de algo que sí sucedió y algo que a lo mejor puede mover las cosas y puede cambiar la perspectiva.



También has realizado vídeos musicales, ¿cómo han sido esas experiencias?

Un vídeo musical es como romper las reglas, sentirte totalmente ajeno a una estructura. Es como un descanso visual para cualquier persona que haga cine. He dirigido algunos y me doy el tiempo para hacer tomas bien pensadas; son vídeos muy largos porque así quiero trabajar. Y cuando no son vídeos que yo dirijo, me contratan como productora. No es algo tan relevante para mí.


13,500 Volts fue un documental muy duro. Esto me lleva a preguntarte, ¿cuál ha sido el momento más difícil, emocionalmente hablando, dentro de tu carreara como cineasta?

Encontrarme a mí misma. Cuando hablamos de arte, hablamos de sensibilidad y para mí un artista es una persona que puede llegar a este límite, en donde la sensibilidad te cambia mucho las formas en que ves las cosas. Para llegar a este proceso, pues hay que pasar por caminos muy sinuosos; el documental fue uno de ellos. Me enfrenté a algo que fue muy doloroso, una historia que le cambió la vida a una persona, y pues conocer eso tan de cerca, a su familia y terminar yo involucrada en la vida de este personaje que, ahora para mi es como mi hermano, es algo que está a flor de piel todo el tiempo. Al final del día me convertí en parte de su historia. Lidiar con eso duele. De ahí viene una crisis o una búsqueda personal de “por qué quiero hacer esto, hacia dónde voy, qué me gusta”. Han pasado años y todavía me lo sigo preguntando. Muchas veces me replanteé si realmente yo servía para hacer ese tipo de trabajos.


¿Has sufrido violencia de género durante tu carrera profesional?

La primera vez fue en Guadalajara, a mí me encanta la fotografía, tanto fija como para cine, y las veces que yo me especializaba en cine fotografía me llegué a topar con varios comentarios de compañeros de “pero es que tú eres mujer, no puedes cargar la cámara”. Y pues pa’ como soy, me reía, carcajeaba, y decía: “Y bueno, ¿qué tiene que sea mujer? No pasa nada”. Después me enfrenté también aquí con unas personas que, para ellos, una mujer produce y les hace la chamba como si fuera la “ama de casa de la producción”, arreglar todo y organizar todo porque “ellos son los que pueden dirigir, ellos son los que pueden editar, ellos son los que pueden fotografiar”.


¿Se puede vivir del cine?

¡Ay! Esa es una pregunta muy difícil, yo sigo pensando que sí. Sin embargo, la manera en la que yo sustento mi vida no es nada más del cine. Complemento mi vida con otras actividades que tienen que ver con lo visual y audiovisual, pero si tú me preguntas si un año entero yo he podido vivir del cine pues no. No es algo que me deje dinero, conozco gente que vive de becas para sus proyectos. Eso es muy difícil, es casi nulo, para muchas personas que estamos produciendo ficción y documental. No me molesta explorar otras cosas, esa apertura me da también amplitud para conocer cosas nuevas y eso lo traslado a mi arte. De hecho, tengo un defecto, soy workaholic, y todo el tiempo estoy saturada de cosas, si no tengo el día ocupado me da mucha ansiedad.


Y para finalizar, ¿qué le dirías a tu “yo” de la infancia?

Le diría que debería vivir mi vida de niña y no mi vida de preocupación por alguien más.


Mónica Blumen es egresada de la Licenciatura en Realización Audiovisual. Trabajó como productora en línea en Dibujos contra las balas, documental estrenado en el Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM) en 2019 y presentado este año en Ambulante. La cineasta obtuvo el premio FIDBA y LCI en el Festival de Cine Documental de la Ciudad de México (DocsMx) el año pasado y dijo que utilizará los premios para continuar con el financiamiento de un nuevo largometraje.

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