La meta-ciudad


Hablar de Ciudad Juárez es difícil. No solo es traer a nuestra memoria el bullicio del Centro, ese que aturde y no deja que te concentres en un sendero a seguir; el que te hace serpentear a un Pancho Villa dorado; topar con la enorme barriga de El Profeta y bailar con un pachuco. No, hablar de Juárez va más allá de ver a un cowboy yanki cantando y tocando en trío con una pareja de lesbianas que conociste ayer en un bar llamado Open pero que parece estar cerrado.

Ciudad Juárez es difícil, descabellada. Es un performance de viejitos que esperan la muerte sentados frente a la Catedral. Es hepatitis en un burrito de $5 baros de un tal “Compa”. La frontera más fabulosa de una red de prostitución en la Mina y la Velarde. Tirar un cadáver a las cuatro de la tarde sobre la misma calle. Que la misma persona que le dio techo a un refugiado, le llame “pinche negro pelos de palmera” cada 3 minutos. Formarse en una fila para las tortillas y darse cuenta que ahí venden chiva. Es un lugar complicado, simón, y eso que sólo hemos recorrido unas cuadras.

La realidad es que el panorama que observa el espectador puede cambiar, dependiendo a qué Juárez quiere ir.

En esta ciudad, cada camión llega a ciudades distintas. Sí, porque la frontera number one está fragmentada. Porque mi lugar preferido está a tres horas del Centro. En ocasiones, pienso que el suroriente no es ciudad. Está en el más allá. Es más un rancho industrial. A veces es complicado llegar. Uno sabe que está cerca cuando los choferes hacen una señal y te bajan antes de preguntar.

La meta-ciudad / Foto: Ciela Ávila /

Por esos rumbos, las tardes de cine son para ver El Pozolero. Los niños juegan a cazar lagartijas, liebres y conejos. La infancia se disfruta sobre un carro incendiado y sin dueño. En estos barrios, el juego de "polis y ratas" se practica hasta los 23 años. El de las escondidas es permanente para los que caminan chueco. “La trai” para el carnal al que le clavaron la muleta, congelado para el homie que dejaron acomodado en una hielera.

El suroriente no tiene equis pero es la incógnita de la ecuación violencia.

No tiene tantos S-mart pero hay abarrotes-tapia, abiertas la 24 horas. De este lado predominan los tamales en hoja de plátano. Viven los marginados, los migrantes del sur. Los obreros que sostienen la economía de media ciudad. Por estos lados, una calle entera puede oler a pollo frito y alcantarilla a la vez. En el suroriente se camina 30 minutos al día y no por salud, sino para esperar un camión. De este lado, un cholito sabe que los tenis no se limpian antes de salir del cantón. Por acá, el grafiti es memoria colectiva: puro Sureño 13, Amos XV, Vatos Locos y Los de la 18. Puro “In Memory of El Negro”.

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