Franela, lino y poliéster para la sustancia humana

El vestuario como un signo para el receptor, pero más importante aún, como un elemento para el balance de tu sustancia

La riqueza espiritual de una persona la podemos sentir en su lado más humano. La forma en cómo piensa y cómo lo expresa es la que aumenta el valor individualista dentro de una sociedad. Cuántos valores prácticas y qué tan agradecido eres. Todo eso y más, dicho de la manera más romántica, esculpe y construye el fondo de una identidad. Pero qué pasa con el lado más superficial, ¿retribuir tu imagen puede caer en la egocéntrica e innecesaria parte de una persona? Dudarlo puede ser una sabia elección.

Guardaropa / foto: Erick Herrera /

Uno de los soportes que podemos aprovechar de las conductas narcisistas es tener la seguridad de sentirse bien con uno mismo. Cada detalle del aspecto externo de una persona son signos que encandilan información que puede ser percibida por cualquier receptor. La forma en la que vistes y los gestos que haces complementan tu personalidad y expresan el sentimiento que quieres transmitir sin apenas provocar un sonido que salga de tu boca. No es una cuestión meramente de moda o una tendencia que ha tomado fuerza con el tiempo, sino de estilo, de identificación.

Quién eres y qué quieres que sepan de ti. Pantalones bombachos, white-tee tumbadas, calcetas con impresos raros, camisas de mezclilla con rosas grabadas, cualquier combinación de prendas le da un pronóstico al receptor sobre tu sello personal (según el conocimiento y contexto cultural con el que cuenta el destinatario). Las telas que vistes, como el acento de tu idioma, puede irradiar pistas de tu origen, ocupación y hasta grupo social. En este apartado, se habla de una compatibilidad dentro de la cultura y una carta de presentación que adorna la figura que intentas lograr. El calzado con las tres rayas, la playera de tu banda favorita o la gorrita Polo que intentas combinar. En mi caso y en mi closet, una atracción por ataviar el torso con prendas como los rompevientos. La comodidad de saber que una indumentaria representa parte de la cosmovisión que percibes.

Lo que vestimos de la casa a la escuela, del trabajo a la fiesta o del armario a un retrato, se vuelve todo un desafío frente al espejo en la elección de colores, agregados y estampas que certifican tu confort visual, y te acompañan en una sección específica de la vida.

Y es que ni siquiera tu vecina prejuiciosa lo puede negar, la ropa es un signo, es un lenguaje que cubre más allá de la piel y representa algo más acá que la vanidad. Claro que, la comodidad tiene su contraparte. Ha quedado comprobado que sin la habilidad lingüística suficiente, en una bermuda y con una gorra que tiene un estampado que dice: “i love marihuana, wey”, no podrías venderle a una pareja de recién casados una casa en un buen sector de la ciudad sin que desconfíen de tus intenciones o de la información que proporcionas. Lo anterior es justificable porque el atuendo tiene una función dentro de ese contexto; aunque sea el adecuado para ti y no puedas despegarte del signo incandescente de la calavera con sangre adherido a tu camisa que tanto te representa, puede que no sea el más oportuno para el interlocutor. Culpa de nuestra visión esponjada por un pensamiento clasista que se nos inculcó desde que éramos apenas unos morrillos.

Está en la descendencia biológica del hombre emular constantemente. Aprender de nuestro círculo más cercano, de lo que se alcanza a escuchar o se puede ver. Emulamos la forma de caminar y copiamos e interpretamos cada palabra del idioma. Si el crío no emulara al ser humano ni su forma de desplazarse no existiría ningún Johnnie Walker. Nadie nace con un grabado mental de cómo debe vestirse o cómo debe hablar; lo emulamos desde nuestra edad más vulnerable. Somos una combinación de miles de caracteres y personalidades distintas. Yo lo sé, y ustedes también lo saben. El dilema está en imitar una imagen solo para clavar. Tomar un préstamo que no te convence, pero te conviene. Apropiarte de un estilo, sin siquiera comenzar a construir el tuyo. Si quieres aparentar algo o encajar dentro de un grupo social, la ropa puede ser la mejor llave para entrar, sentarte en el sillón y subir los pies a la mesa. Pero, ¿qué te empujaría a adaptarte a una situación tan radical y trágica como esta? Es cierto, nadie es original al momento de adornar la piel, estamos hechos de préstamos de distintas culturas y formas de expresión, y es justamente ahí donde radica la esencia.

Puede tratarse de algo relativamente complejo, y todo el royo del vestuario te puede ocasionar conflicto en su totalidad evitable, o una hueva tan pesada que te termine agobiando cada que veas tu reflejo o que estés por abrir tu cartera para adueñarte de una pieza. Lo cierto es que nada puede traerte más calma que la perspectiva que tienes de ti. La belleza de todo esto es que, por lo menos en esta parte del mundo, tienes la libertad de elegir la puta tela que mejor te parezca. Algodón, franela, lino, poliéster. El mercado, la industrialización y la naturaleza ofrecen la posibilidad (limitada) de despilfarrar el estilo (ilimitado) que mejor se te ajuste. Las experiencias enriquecen tu lado espiritual y la tela complementa uno de tus puntos más expresivo de tu ser.


#opinión

Danos tu opinión