5.0 Serendipia (música)

El segundo aullido siempre será el más lírico Reseña del disco Howl de Black Rebel Motorcycle Club

Imaginen ustedes la cantidad de música que existe allá afuera en el mercado. Cientos y cientos de canciones escritas por infinidad de grupos musicales. De todo ese gran universo sónico intenten armar una lista de por lo menos 10 álbumes que les han cambiado la vida. Así, literalmente. Discos en su totalidad, que de principio a fin formaron algo en su interior y se mantienen vigentes conforme pasan los años. Se clavan por una razón desconocida, no saben la razón exacta aunque intentan explicarla: una ruptura amorosa, el nacimiento de un hijo, la partida de un ser querido, el comienzo de algo nuevo, la celebración de la vida, el despertar místico. Pensemos que la música, la buena música, se detiene ante nosotros no como una forma vil mercadológica sino como un suceso que nos cambiará por el resto de nuestros días. Así ocurrió con Howl de Black Rebel Motorcycle Club para muchos allá afuera, incluyéndonos a nosotros.

El tercer disco de la banda originaria de San Francisco fue la transformación sonora posterior a dos placas que sonaban bien al principio de la década del dos mil, muy bien a ojos de la crítica. Tan bien que de inmediato fueron firmados por una transnacional, ofreciéndoles fama y fortuna, conciertos masivos, presentaciones en los mejores foros junto a las mejores bandas rock del momento. Incluso se dice por ahí que el mismo Noel Gallagher les ofreció una gira junto a su entonces banda, la querida/odiada Oasis. Pero algo ocurrió en la mente creadora de Robert Levon Been (Felton, 1978), Peter Hayes (New York Mills, 1976) y Nick Jago (Abadan, 1976) que no aceptaron y se recluyeron en un pequeño estudio para repensar su música y su porvenir. La banda entonces dejó de ser el trío potencial de éxitos ante los ojos de las disqueras, que a fuerza de exprimirlos terminarían grabando algo más de lo mismo que otros proyectos del momento (mención honorífica se la llevan The Strokes), aunque algunas salvaron su futuro muy a pesar de contrariarse con la maquinaria y también sufrir cambios estructurales post fama (mención honorífica se la llevan Interpol).

De ese distanciamiento de la quimera alrededor de las bandas de entonces nació el disco, referencia directa al aullido del poeta beat Allen Ginsberg, editándose en 2005 (cincuenta años después del texto de Allen). Un homenaje sonoro a quien liderara junto a otros escritores el movimiento contracultural iniciado a mitad de los cincuenta. Pero la protesta política no es el corazón lírico de la placa discográfica aunque sí una protesta existencial de Levon Been, Hayes y Jago. Cabe aclarar que la relación con este último estaba debilitada pues había perdido el interés en la agrupación (algunos dicen que no soportó el cambio abrupto que la fama le había traído) y no participó en su totalidad del proceso.

Y así es como los Rebels dejaron el estruendoso sonido del psychedelic rock, las montañas de fuzz y el eco reverberante al más puro estilo de The Jesus and Mary Chain.

En su lugar, esa protesta existencial devenida en sonido se transformó con la ayuda de guitarras acústicas, piano, armónicas, pedal steel guitar, órgano, percusión básica, coros, aplausos y sentido espiritual cristiano del sur de los Estados Unidos. En materia genérica hay blues, country, americana, un poco de bluegrass y por supuesto rock & roll.

Trece tracks componen #Howl y la estafeta vocal la comparten Levon Been y Hayes. El disco abre con el sonoro country rock y blues de Shuffle your feet, cantada al principio a capella con una línea que dice: Time won't save our souls, time won't save our souls, time won't save my soul, no! Una primera advertencia lírica – musical del cambio estilístico en el trío, que veían al tiempo artístico como su enemigo y a su nuevo estilo musical como cruz redentora. Y la política no se queda atrás pues cantan: One for the so named dreamers, one for the wicked man, one for the peaceful protests that keeps the war in demand, todo envuelto en esa ironía musical del sur estadunidense, acaso recordándonos las raíces del Delta blues que luchaba contra la opresión durante la década de los veinte. El segundo track, que da nombre al disco, es una pieza más sombría, una duda hecha canción, reprimenda al no entender el “por qué”: I give you nothing to doubt and you doubt me, I give you all that I have but you don't see. La pieza se decanta más por una balada que parece producida dentro de una iglesia. Hayes es a quien mejor le queda el mote de predicador con guitarra en mano y ocurre con Devil´s waitin, una historia personal que incluye cárcel, maldad y el encuentro con Jesucristo: The say I might die I maybe cold, I may have no Jesus I may have no soul. In prison I hear there's time to be good but the first thing you see is the last thing you should. Simple, directa y espiritual.

La cuarta pieza es el único sencillo editado por la banda. Ain´t no easy way es, créanlo o no, una de amor desesperado: It's easy to fall in love, when you fall in love you know you´re done. You got easy eyes to hunt when the world above needs your blood. Pieza stoner, monumentalmente country rock, con slide guitar, armónica y voces rasposas. Es el mejor aullido de la banda pasados apenas once minutos del disco. Porque no hay forma fácil de salir cuando se está enamorado pues es todo o nada. Still suspicions hold you tight es una balada simple, muy beatle pero también con reminiscencias a Johnny Cash. Le sigue Fault Line, acaso la melodía más introspectiva con uno de los mejores solos de armónica, nos atrevemos a decir, de toda la discografía de la banda. No funciona sin la voz de Peter Hayes y su guitarra, que expresa su porvenir con la esperanza de reencontrarse con el Padre: Racin' from the risin' tide to my father's door, racin' from the risin' tide to my father's door, racin' with the risin' tide to my father's door. Una canción que se puede escuchar una y otra vez, con la que se logra una conexión espiritual consigo mismo. Una canción de carretera, de esas que se acomodan cuando hay camino pero no un destino específico a donde llegar.

Continúa la senda con Promise y Weight of the world, ambas en voz de Robert, que a él le va mejor interpretar los temas románticos. La primera parece salida de una jukebox de algún bar de Nueva Orleans luego de la cruda provocada por la celebración del Mardi Grass. Hay corazón en esa pieza, hay incluso esperanza y una promesa dulce: I'll comfort you, I'll sing to you, It's a promise not forgotten. ¿Acaso no deseamos, en algún momento de nuestras vidas, que alguien nos reconforte de esa manera? Peter remata al final repitiendo: Come on baby, let's fight the sunlight. Come on baby, let's light the night. Weight of the world es tal vez una de las canciones más representativas del canon de #BlackRebelMotorcycleClub, una que no dejan de lado cuando tocan en directo. Una pieza que tal vez nos dice lo que Levon Been atravesó cuando reflexionaba sobre ser una figura pública, rocker famoso enfrentándose a una difícil decisión para quienes logran el éxito: It's the weight of the world, I know, as I'm struggling to be. It's the weight of the world, I know, as you were mine, and we will find. Musicalmente es un tema básico, estribillo – coro – estribillo, acompañado de bajo, guitarra y batería.

La última parte del álbum la componen Restless sinner, Gospel song y Complicated situation. La primera en voz de Hayes, otra vez en su papel de predicador del blues acústico. La segunda es la más cristiana de todas, un himno eclesiástico cantada por Robert como si fuera un susurro. La tercera, otra vez con la voz de Peter con guitarra y armónica, historia folk, de esas que uno imagina ocurrió en algún poblado a principios del siglo XIX en pleno american old west. Finalmente Sympathetic Noose y The Line, lideradas por Robert. La primera, otro recuerdo de lo que The Beatles han hecho a través del tiempo con su influencia; la segunda, una canción introspectiva en clave propia de un desamor. Un canto/poema, de esos que Robert se ha dado el lujo de crear conforme pasa el tiempo y editan más discos: I am the soul of absolution, no man can hide his own illusion. My hands are crippled from the pain, you are the splinter in my vain. Y remata con un when did you stop caring? Apenas unos segundos después, la pieza escondida llamada Open invitation, algo un poco más experimental con un sintetizador o tal vez el sonido de un órgano wanna be, cantada por Rob y Pete. Una pieza simple, de contenido lírico similar a esas que se construyeron antes sobre temas existencialistas: I'll be standing with your sorrow, all you left me's gone away tomorrow and we may never be here again.

Howl de Black Rebel Motorcycle Club fue un disco que polarizó a la crítica. ¡Pero al diablo con la crítica! Lo mejor que le pudo ocurrir a esta banda fue virar de un estilo que comenzaba a gastarse a uno más personal, libre y honesto; que le trajo creces en cuanto a fortalecimiento de un fan base mundial que los sigue religiosamente hasta hoy.

A partir de ese momento, la agrupación se convirtió en un estandarte del movimiento indie. Y no hablamos de género (pensarlo así es pecado venial o mortal, depende del conocimiento melómano de cada uno) sino de la producción independiente del artista que mantiene las riendas de su obra, sin permitir que enseñoreados productores o disqueras rimbombantes enlaten el contenido porque lo consideran “fuera de tono para la industria”. Howl no es una obra musical que sentó precedente alguno, tampoco es el canto de cisne de la banda pero sí es una invitación sincera a experimentar una pequeña gran obra construida con el corazón. Es un aullido lírico, valiente, entonado con las circunstancias que trae consigo el cambio artístico y personal. Y sí, se encuentra en nuestro top 10 debido a todos momentos que enlistamos al comenzar esta reseña y continúa su camino sin parar conforme pasa el tiempo pues no tiene para cuando detenerse.

¡Serendipia!

Black Rebel Motorcycle Club es una banda cool, musical y visualmente. Verlos en fotografía y video (que el Supremo nos permita verlos en vivo alguna vez ¡por favor!) es ver a dos hombres y una mujer (Jago salío del grupo en 2007 y su lugar lo ocupó la talentosa Leia Shapiro) con un estilo “a la Marlon Brando”. La banda tomó prestado el nombre (y vestimenta) de la película The Wild One (1953), dirigida por Lásló Benedek (Budapest, 1905) y encabezada actoralmente por el mencionado histrión. En dicha película, Brando es el líder de los Black Rebel, expertos manipuladores de ruidosas motocicletas, ataviados con jeans, chamaras de cuero y encumbrados en rebeldía cincuentera. Esa película nos regaló postales de un Marlon - ícono de la juventud, que fueron utilizados durante ese despertar social y cultural norteamericano, rock & roll incluido. Y en la siguiente entrega, queridos lectores, ahondaremos en ese pedazo de historia fílmica.


Ficha técnica Howl. Black Rebel Motorcycle Club. 2005. Producido por Black Rebel Motorcycle Club. Label: Independiente. Distribuidora: RCA Records. Género: Indie rock. EUA.

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