El hielo que corta y corta

Tonya Harding, patinadora artística del equipo olímpico de los Estados Unidos en 1994, implicada en un ataque contra otra competidora de las filas, ejemplo del sensacionalismo y amarillismo que se le dio a la cobertura por parte de los medios de comunicación de su país.

Seguramente las audiencias más jóvenes no recordarán lo sucedido y la inmensa atención mediática que se le dio al caso, sobre todo por la televisión. Sí, Harding fue hallada culpable, no del ataque directo, pero de tener conocimiento acerca del mismo. Una historia esperando ser contada por el cine, y que finalmente se logró gracias a la dirección de Craig Gillespie, y las estupendas actuaciones de Margot Robbie como Tonya, y Alisson Janney como su madre. I, Tonya (2017), “un knockout al estilo Goodfellas”, dijo un medio acerca de la cinta, y la comparación puede ser atinada.

La historia pudo ser contada cronológicamente y ya. Pero su escritor, Steven Rogers, perpetró una línea de tiempo en donde las entrevistas (en tono mockumentary) con los personajes implicados y no en el ataque que llevó a Tonya al desprestigio internacional (su entonces esposo, su coach de patinaje, su madre, el mitómano guardaespaldas, un productor de televisión) y su actuar durante la trama, logra enganchar de principio a fin a todo quien la ve, tal y como lo haría una graciosa experta en patinaje sobre hielo ante un millar de personas; eso sí, con una inmensa dosis de buena música (Fleetwood Mac, Heart, Bad Company, Cliff Richards, entre otros), humor negro e interesantes pasajes (muchos de ellos violentos) en la vida de Harding. Margot Robbie, una actriz que cada vez regala mejores papeles, logra una actuación dura cuando es necesario, pero de gran sensibilidad cuando el guion también lo pide. Por su parte, la experimentada Alisson Janney es (en el mejor de los sentidos) un témpano al interpretar a LaVona Fay Golden, mamá de Tonya, y que la historia cuenta fue quien llevó por primera vez a su hija de entonces 3 años a una pista para que comenzara a practicar el patinaje.

Claro, contarlo de ese modo puede crear una idea de hermosa relación entre madre e hija, una de gran inspiración y mutuo agradecimiento, pero no. El argumento compuesto por Rogers nos da cuenta del modo en cómo Tonya fue sujeto de abusos constantes de su severa madre, golpeándola y mofándose de ella a pesar de los logros que la patinadora cosechaba conforme crecía; y del constante choque con sus detractores por hacerla menos debido a su estatus económico, apariencia y nada “honorable” forma de vida pues fuma, bebe y se ve envuelta en problemas, todo eso que una atleta americana no debe ser. Luego de un pasaje de su niñez y adolescencia, el filme introduce a quien diera vida hace poco a una villana del universo DC ya como una feroz joven mujer, dispuesta a lograr su sueño de ser reconocida y querida por sus contemporáneos, enamorándose de un flacucho, bueno para nada y violento hombre que terminará con ella ante el altar (extraordinario en su papel Sebastian Stan como Jeff Gillooly) y que será, según el filme y sus propias palabras, el cerebro detrás del ataque a Nancy Kerrigan, patinadora víctima del “incidente”, tal y como sus personajes le llaman al suceso cuando ve la luz en la pantalla.

Especie de biopic, con situaciones que sus personajes aceptan o niegan que realmente sucedieran y un increíble manejo en la cámara gracias a Nicolas Karakatsanis, sobre todo en los momentos en que Tonya/Margot se encuentra en el hielo, en competencia y dando todo. Si muchos creímos que Darren Aronofsky había hecho de Natalie Portman una bailarina de ballet en Black Swan (2010), Gillespie hace lo mismo con los efectos especiales y de encuadre sobre Robbie. ¿Realmente está patinando siquiera un poco? La respuesta no importa, pero allí está ella, moviéndose graciosamente sobre el hielo, saltando y bailando al ritmo de la música. El montaje de Tatiana S. Riegel está en todo momento a tono y ritmo, intercambiando fugaces momentos de menor importancia en la trama y de los que realmente importan, que tienen su necesario tiempo en pantalla y permiten que todo continúe engrasado. Y aquí es el mayor parecido entre la enorme cinta de Martin Scorsese y la de Gillespie: una edición fluida, elemental y conectada. La película en ningún momento repara, y hay que poner énfasis a las secuencias entre Tonya y su madre, un intercambio de diálogos inteligentes y realistas.

Dos o tres momentos hay en la cinta donde las dos mujeres se enfrentan, y en la que Alisson Janney nos regala el papel de una mujer controladora, rígida y con un sarcasmo que corta más que la hoja de una navaja. Momentos dramáticos los hay también. Margot Robbie frente al espejo, preparándose para salir a competir en los olímpicos de Lillehammer 1994, intentando controlar sus nervios y esa agonía por la que atraviesa después del “incidente”. Deshecha, Tonya/Margot se maquilla, llora desconsolada, aguanta ante un aquietado medium shot, y sonríe lastimosamente como si lo hiciera ante el público que la aclama en las gradas.

Otro momento importante es, por supuesto, el fin del juicio contra Harding y la sentencia del juez: vetada de por vida por cualquier asociación de patinaje en hielo y por tanto, imposibilitada de practicarlo. Tonya implora, eleva poco a poco su voz; “es lo único que sé hacer en la vida su Señoría”, y nos pone la piel de gallina.

América, necesitan a quien amar y a quien odiar” dice Robbie en voz en off, luego vemos como Tonya se bate en el ring como boxeadora semi profesional [el parecido con Raging Bull (1980), también de Scorsese, es inevitable], dejando atrás su vida como patinadora, aprovechando su fama o por lo menos lo que quedó de ella para ganarse la vida. Un final que yuxtapone dos secuencias ralentizadas de uno de los momentos más gloriosos en la carrera de Harding, y otro que simboliza lo que queda de ella mientras cae ensangrentada en el encordado, para luego abrir uno de sus ojos, sonreír a la cámara y levantarse nuevamente a luchar. Resumen simbólico extraordinaire de la vida de la otrora olímpica norteamericana. Y en los créditos, la verdadera Tonya Harding, compitiendo esplendorosamente, cortando hielo antes de que una mala decisión en su vida (¿O no? Le toca al espectador juzgar) y un helado público embobado por sus amarillistas medios la cortara a ella para siempre.


Ficha técnica

I, Tonya. Dirigida por Craig Gillespie. Guion de Steven Rogers. Fotografía de Nicolas Karakatsanis. Música de Peter Nashel. Montaje de Tatiana S. Riegel. Reparto: Margot Robbie, Sebastian Stan, Julianne Nicholson, Bobby Cannavale, Allison Janney. Producida por Tom Ackerley, Margot Robbie, Steven Rogers, Bryan Unkerless. Duración: 121 minutos. LuckyChap Entertainment, Clubhouse Pictures, AI Film.

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