Alzar el vuelo

Cuando se tiene treinta y tantos años, resulta difícil hablar de una película en la que su protagonista es una adolescente, y se corre el riesgo de caer en la pretensión o la sabiondez al aludir experiencias de esa época que a muchos de nosotros marcó y formó. Sin embargo, el vaso que comunica al espectador con la opera prima de Greta Gerwig (actriz devenida en directora) es que todo adulto fue joven alguna vez, con sueños, ilusiones, deseos y duda, y que seguramente nuestra madre estuvo detrás de cada uno para poner los pies en la tierra. Una posible adolescencia universal para el promedio de la población.

Lady Bird (2017), protagonizada por Saoirse Ronan, es una colorida pincelada de la vida de una chica común de 17 años, que cursa la preparatoria en Sacramento, California a principios de la década del dos mil. Lady Bird McPherson, nombre del personaje principal al que Ronan da vida, es uno que ella toma para sí porque puede y quiere, a pesar de llamarse Christine. La cinta arranca con una frase de la novelista y periodista Joan Didion, aludiendo al desconocimiento que tienen aquellos que hablan del hedonismo californiano sin experimentar antes una Navidad en Sacramento. Después, madre e hija, en una toma cenital de ambas, cara a cara, durmiendo plácidamente, enternecedora imagen que nos hace pensar que la relación entre las dos es única…y vaya que lo es. Luego, las dos en un automóvil, limpiando cada una de su rostro un par de lágrimas que han brotado al escuchar el audiolibro de Las uvas de la ira de John Steinbeck. Posteriormente, una discusión encendida y salida de la nada, que termina cuando la chica, en un arranque suicida pero más de desafío ante la autoridad maternal, se lanza del auto en movimiento, poniendo fin a la discusión con el correspondiente grito de terror por parte de su progenitora y que resume excepcionalmente la verdadera naturaleza de las dos en cuestión.

Entonces nos damos cuenta de la rebeldía de Lady Bird, algo con lo que su madre, de nombre Marion y protagonizada por la genial Laurie Metcalf, deberá de aguantar constantemente a lo largo de la película. Es Marion una mujer trabajadora, empeñada en hacer de su hija una mujer realista a base de disciplina, regaños y constantes desencuentros pues ambas son de fuerte carácter, pero que no por ello quiere decir que no la ame.

Larry, el padre y esposo, protagonizado por Tracy Letts, moderado y “demasiado bueno”, según las palabras de su pareja, funge más como un cómplice minimizado de Lady Bird, a la que ayuda en varias ocasiones a espaldas de su madre. Terminan por llenar el retrato familiar el hermano adoptado y su novia, que ambos viven en la casa de los padres del primero, y que se muestran lacónicos y alternativos a la forma de vida de esa familia promedio americana, que se esfuerza por llevar una vida económicamente estable luego de la crisis post 9/11. Y así la vida de Lady Bird, que asiste a una escuela católica, vive una vida normal con su mejor amiga Julie, incorporándose las dos al grupo de teatro de la preparatoria, conociendo chicos, acudiendo a fiestas, burlándose de la autoridad de las religiosas que encabezan el centro educativo y buscando matricularse en una universidad de prestigio en la costa este de los Estados Unidos (Nueva York para ser más precisos) pues allá todo es mejor en comparación con la aburrida ciudad en donde residen.

Los aspectos técnicos de la película sirven a un buen guion, escrito también por Gerwig, que da en el blanco con una historia bien contada y actuada. No hay excesos realistas ni dramáticos; tampoco los hay de tono inverosímil. Los puntos de quiebre son funcionalmente básicos y nos hacen pensar en que todo eso realmente puede suceder en la vida real. Estamos entonces ante una puesta en escena entrañablemente sencilla o sencillamente entrañable. En ambos casos, la historia es un triunfo como ópera prima de la que fuera protagonista y co autora de Frances Ha (2012) dirigida por Noah Baumbach, y que cuenta los andares de una treintañera en crisis. Es claro que Greta le debe a su amigo director mucho del estilo cinematográfico del que el segundo ha echado en mano en varios de sus filmes.

Tenemos entonces una trama redonda contada en cortas secuencias que no van más allá de los diez minutos de duración, con diálogos fluidos, música en diégesis y extra diégesis (desde melodías de musicales clásicos hasta canciones de Alanis Morissette y Dave Matthews Band), montaje saludablemente acompasado y una fotografía cálida, que pone en énfasis a sus protagonistas en primer plano contra los apacibles vecindarios, los salones de clase y la escuela a la que asiste la protagonista. Todo nos hace recordar un álbum de fotografías, de aquellos que guardamos en algún lugar de nuestros hogares.

Por supuesto que las actuaciones que merecen aplauso y ovación son los de Saoirse Ronan y Laurie Metcalf. Esa relación madre e hija, tan difícil a veces, pero necesaria para las dos, en donde la primera quiere volar y dejar el nido mientras que la segunda teme que, durante ese andar, pierda el camino y no sepa recuperarse de los golpes que la vida puede depararle. Tan divertido es ver a las dos visitar casas en venta un domingo por la tarde, con el fin de animar a Lady Bird después de un desencuentro amoroso, como dramático es ver a ambas gritarse durante una discusión porque la chica no hizo su cuarto antes de acudir a un baile escolar. El punto principal de la historia es ese, la relación entre ambas mujeres, espejo una de la otra. Se agradece ver personajes tan bien retratados y desarrollados por sus actrices, que usan un lenguaje que cualquiera puede utilizar en nuestros días, sin la verborrea posmoderna de Juno (2007) de Jason Reitman o la exagerada bravuconería de The Edge of Seventeen (2016) dirigida por Kelly Fremon Craig. Personajes que nos hacen recordar a nuestros padres, amigos, hermanos e hijos. Hay por supuesto reminiscencias a un cine estadunidense autoral de mujeres que encabeza, entre otras, Sofía Coppola, y que también compite (y gana) con las pretensiones de un Richard Linklater y su Boyhood (2014). Es también un pasaje similar pero sin copiar, a los que realizaba en sus buenas épocas Cameron Crowe, director de Jerry Maguire (1996), Almost Famous (2000) y Elizabethtown (2005), todas ellas una mirada masculina de la adolescencia y la adultez norteamericana.

Gerwig ha dicho que la película no es autobiográfica, pero que sí se sirvió de historias que recuerda de su juventud. Tener eso en cuenta entonces nos dice de la capacidad textual de la autora, y que seguramente buscará sostener o en su caso, mejorar en sus futuros trabajos.

Luego de varias experiencias, algunas que dejan marca y que otras son necesarias para entender la vida, llega un final abierto, que poco antes nos regala un momento de gran sensibilidad externado por Marion pues Lady Bird (ahora ya acepta su nombre de pila, Christine) ha dejado el nido y comienza a vivir su vida en soledad en la Gran Manzana; y extraña esa explosiva y amorosa relación que tenía con su madre. Ya no son los chicos los que ocupan su mente, tampoco su mejor amiga, ni siquiera su padre, tierno y comprensivo todo el tiempo pues, tal y como ella lo dice al dejarles un recado telefónico luego de una mala noche, “papá, este mensaje es más para mamá”. Madre e hija, una relación que va más allá de cualquier problema y distancia geográfica, que se aferra al corazón a pesar de alzar el vuelo y volar alto, muy alto.



Ficha técnica

Lady Bird. Dirigida por Greta Gerwig. Guion de Greta Gerwig. Fotografía de Sam Levy. Música de Jon Brion. Montaje de Nick Houy. Reparto: Saoirse Ronan, Laurie Metcalf, Tracy Letts, Lucas Hedges, Timotheé Chalament, Beanie Feldstein. Producida por Scott Rudin, Eli Bush y Evelyn O`Neill. Duración: 93 minutos. Scott Rudin Productions, Management 360, IAC Films.

Danos tu opinión